lunes, 21 de febrero de 2011

Sidi bou Zid o el grito del pueblo árabe

Las revueltas populares que han sacudido Túnez y Egipto en las últimas semanas tuvieron su origen mediático en Sidi Bou Zid, una pequeña localidad del centro de Túnez : Mohamed Bouazizi, un joven en paro que recurrió a la venta ambulante como medio de subsistencia y cuyo carro de verduras fue confiscado por la policía, se inmoló mostrando a Túnez y al mundo entero la frustración de una juventud tunecina que veía cómo una tasa de desempleo del treinta por ciento ahogaba sus esperanzas profesionales, mientras que la concentración de la riqueza en manos del Presidente de la República y la familia de su esposa era cada vez mayor. Anteriormente, la muerte del joven bloguero Khaled Saïd a manos de la policía egipcia tras una brutal paliza, junto con la falsificación del informe policial de su muerte, provocó la creación del grupo “todos somos Khaled Saïd” en una de las principales redes sociales, grupo que fue creciendo y haciéndose cada vez más popular entre la juventud egipcia. Al mismo tiempo, el ejemplo de Mohamed Bouazizi fue seguido por ciudadanos del mismo perfil, jóvenes y licenciados, en Egipto (donde se produjeron hasta ocho inmolaciones), Argelia o Marruecos ; del mismo modo, los grupos en redes sociales como mecanismos de denuncia de la situación de la juventud árabe se fueron multiplicando, con intervenciones decisivas por parte del grupo Anonymous, atacando páginas webs de instituciones oficiales y llevando a cabo fuertes labores de concienciación en la red.

Resulta curioso que la respuesta de las autocracias árabes al grito de su juventud fue de represión y no de escucha, de prevención y no de reacción. Ejemplo brutal de este carácter preventivo de la respuesta es una imagen de un grupo de policías en la puerta del Parlamento egipcio (lugar donde se produjeron las inmolaciones) armados…con extintores. Esta imagen, simbólica como pocas, representa el poco grado de entendimiento de la realidad social árabe por parte de estos regímenes autocráticos que, aunque bajo formas en algunos casos de monarquías parlamentarias (Marruecos, Jordania o Arabia Saudí) y en otros casos de Repúblicas (Túnez, Siria o Egipto), comparten elementos comunes esenciales : marcos institucionales y jurídicos avanzados y bien estructurados (herencia – inglesa o francesa – de los modelos coloniales) pero con pequeñas particularidades (entre otras, modificaciones restrictivas a las leyes de partidos, a los códigos electorales y a las constituciones con el fin de limitar la creación de partidos, la concurrencia de candidatos a las elecciones o la independencia del poder judicial) que vician los sistemas formalmente democráticos en aras a perpetuar los regímenes en el poder y a limitar la participación y el pluralismo social y político, así como a asegurar el control económico por parte de familias o grupos allegados al poder (la familia Trabelsi en Túnez, el Ejército en Argelia) ; represión brutal de las libertades de expresión y de asociación y asfixia de ciertas profesiones clave en el ejercicio y defensa de dichas libertades (en particular a los periodistas y abogados ; en el caso de Túnez se calcula que había, en el momento de la caída del régimen, unos mil quinientos presos políticos), lo cual tiene como consecuencia directa la ausencia casi absoluta no sólo de partidos políticos reales de oposición sino también de una sociedad civil articulada que ejerza su rol de expresión y defensa de los intereses del ciudadano ; control, limitación y censura de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías de información (este factor era visto como una gran amenaza para la solidez de los sistemas en el poder, miedo que se ha demostrado fundado con el rol tan clave que han jugado las redes sociales en la organización vertiginosa e universal de las revueltas), lo cual ha situado a algunos países árabes a la cabeza, por ejemplo, de los países con mayor censura en Internet; e instauración de la “cultura del miedo” a través de una red de servicios secretos directos o indirectos (a través de colaboradores formales o informales) como punto de partida y brazo ejecutor de sistemas represores e intimidatorios.

El panorama descrito arriba se ha perpetuado durante décadas en la práctica totalidad de los países árabes (a excepción del Líbano y de Palestina, donde la gran complejidad e inestabilidad geopolítica ha permitido ejercicios de pluralismo y la instauración de modelos participativos – en cualquier caso, mucho más participativos que en cualquiera de sus vecinos), gracias en gran medida a un status quo del cual tanto Europa como Estados Unidos han sido grandes valedores; la real politik ha primado sobre cualquier otro tipo de consideración geopolítica; así, el hecho de que los regímenes autocráticos aseguraran una estabilidad política en sus países, realizaran un control de los movimientos islamistas, proveyeran un mercado donde se faciliten las inversiones europeas (en Túnez, país de unos diez millones de habitantes, existen unas tres mil quinientas empresas italianas y francesas) y ejercieran un control de los flujos migratorios del África subsahariana hacia Europa, era considerado como razón suficiente para no inmiscuirse en los asuntos de Estado de nuestros vecinos del sur. La violación los derechos y libertades fundamentales, sistemática en la práctica totalidad de los países árabes, no se ha considerado ni se considera una prioridad por parte de la comunidad internacional (basta seguir las negociaciones de la UE con los países del sur del mediterráneo para ver que los aspectos económicos son el auténtico factor decisivo en las negociaciones y que los aspectos relativos al buen gobierno y derechos humanos ocupan un rol secundario). Y todo ello porque, en el fondo, se considera que estos pueblos no son merecedores de un sistema plural y participativo, ya que, según los argumentos esgrimidos por los autócratas árabes y creídos a pies juntillas por dicha comunidad, la única alternativa a la mano de hierro, a la represión como sistema, serían repúblicas islamistas, radicalizadas y extremadamente peligrosas para nuestros intereses. Y las autocracias constituyen, claro, un sistema de protección ante este peligro.

Pues bien, el estatus quo, la real politik, no ha funcionado. El pueblo árabe ha dicho basta. Todo empezó con las inmolaciones arriba mencionadas y con la acción a través de las redes sociales, y continuó con una movilización en la calle sin precedentes en la historia reciente, y en determinados aspectos en toda la historia mundial. Una movilización generalizada a todos los estratos de la sociedad, a todas las franjas de edad, a todas las religiones ; una movilización que está dispuesta a sacrificar vidas como parte de un proceso de conquista de libertades ; una movilización vertiginosa, que está acabando con regímenes de más de veinte años en apenas unos días ; y una movilización ante todo espontánea, no liderada, no organizada, no provocada, una movilización del pueblo. El pueblo árabe ya no está dispuesto a permanecer callado, a no participar, a dejar sus asuntos en manos de unos pocos, a ser dirigido por entidades ajenas, abstractas ; quiere participar, y quiere pluralidad. Y ya que la comunidad internacional no ha escuchado este grito durante todos estos años, ha decidido hablar por él mismo, ha liderado su propia revolución. Y ahora sí, la comunidad internacional se presta a apoyar los nuevos sistemas surgidos de estos movimientos populares, pero no por una creencia incondicional en los derechos y libertades universales de los pueblos, sino por meras razones de oportunismo político, con el fin de vigilar muy de cerca todos y cada uno de los movimientos que se realicen a nivel político para así garantizar la estabilidad que tanto nos obsesiona. En cualquier caso, deberíamos dar un paso atrás, mirar las cosas con perspectiva, y empezar a pensar que los regímenes plurales y participativos no están hechos sólo para la élite de unos pocos elegidos, sólo para nosotros. Nuestros hermanos del sur están demostrando, han demostrado, que merecen tanto o más que occidente poder hablar, gritar y, sobre todo, ser escuchados.

Juan E. Nicolás es consultor especializado en Buen Gobierno.
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